La primera parte
EXPERIENCIA DE DIOS EN LA VIDA LAICAL, UNA APROXIMACIÓN (primera parte).
Por Manuel Lozano.
Una de las principales características de la vida laical es que toda está remitida a lo cotidiano. A diferencia de los otros estados de vida, la vida laical de un cristiano es una constante lucha por permanecer consciente entre los acontecimientos. Como no tenemos espacios de reflexión frecuentes, y nuestra dinámica está relacionada a tareas concretas (trabajar, estudiar, criar hijos, cuidar de la familia, luchar para conseguir lo que necesitamos para vivir), la vida es entonces un espacio frecuente de fogonazos de realidad que nos hablan de Dios, y que gracias a un constante ejercicio de la espiritualidad, de un compromiso con el Evangelio en la vida y de una dinámica comunitaria de apoyo, se convierten en momentos importantes que nos orientan y nos dan esperanza en nuestro caminar de fe.
Algunos intentan proponer para el laico una especie de vida heroica en donde este discierne constantemente y está orientado siempre a llevar una palabra de aliento, a ser el “positivo”. Pienso que esa postura es irreal, pues nadie puede estar en esa actitud y decir que está en medio de la realidad. Es una situación bastante incómoda, porque arrincona una posición del laico como una persona de la que sólo se puede esperar lo bueno, y por lo tanto deja de aceptar lo que en él está en construcción y que para mejorarlo necesita apoyo y conversión. Esto es una gran desviación que afecta la base del testimonio de la vida laical. Si el laico en esta posición se “la cree”, es decir intenta satisfacer esta demanda de los demás, termina encorsetado en un esquema que no le permite desarrollar una vida propia. Algunos en la desesperación de mantenerse en este esquema y para no “ahogarse” espiritualmente hablando, terminan aislándose siendo los que se dedican a señalar a los “impuros”, a aquellos que no merecen acercarse a Dios. De estas personas están llenas muchas parroquias y movimientos eclesiales, son laicos que se presentan muy seguros de su pertenencia a esta Iglesia con un sufrimiento constante y creciente por la división entre su vida y su práctica de fe. Creo que esta es una de las grandes tentaciones de la vida laical, que convierte a Dios en una realidad exclusiva, y que sólo se pretende mostrar para diferenciarnos del resto. En esta perspectiva, los laicos pueden ser vistos como un peldaño a medio camino entre los religiosos y los demás. Es entonces, cuando tomamos este camino, que lamentablemente deformamos nuestro propio testimonio y nuestra propia esencia.
Junto a estos testimonios, tenemos también el testimonio de muchos hermanos que hacen su vida cristiana tratando de encontrar en su realidad los retos que le invitan a vivir una vida cristiana más humana y encarnada en su realidad. A partir de estos últimos testimonios, que vemos florecer en nuestra Iglesia parte esta propuesta de sistematización de una vida laical que responde a las necesidades del mundo y de la Iglesia hoy. Para hacer más concreta esta visión, la señalamos relacionada con algunos aspectos o dimensiones importantes de este testimonio. Así, la experiencia de Dios en la vida laical se expresa principalmente:
a) A través del encuentro humano. Para nosotros los laicos, el ejercicio verdadero de nuestro compromiso tiene que ver fundamentalmente con el otro. Es la persona concreta con la que vivimos, con la que disfrutamos y sufrimos la existencia la que se constituye en el vehículo por el cual Dios habla. Somos testigos de muchos encuentros personales con un Dios que nos invita a caminar en la pastoral juvenil, en las comunidades, en los movimientos de iglesia, pero también en los centros de trabajo, en las universidades, en los movimientos culturales, en las ONGs, en las organizaciones vecinales y barriales. Son los demás, esas personas que a veces no están directamente vinculadas con un movimiento orgánico, o no tienen mucha formación, o simplemente no les interesan nuestros sueños de Iglesia, los que de alguna manera caminan con nosotros, y a los que Dios de alguna manera les concede esa posibilidad de hacer pasar la Vida.
Este es todo un tema que debe reflejar nuestro apostolado. Es quizás la mejor fórmula para reconocer si es que estamos formando un compromiso laical concreto. Por ejemplo, si queremos saber si un catequista está realmente comprometido con su vida, no le preguntemos a los integrantes de la catequesis, hagámosle la pregunta a sus padres, a sus hermanos. Ellos saben si realmente está o no comprometido. Si queremos saber si la profesora que apoya nuestra labor evangelizadora está comprometida, no se lo preguntemos a sus alumnos, hagamos la pregunta a su familia, su esposo, sus hijos, ellos sabrán darnos razón de la naturaleza y estado de su compromiso concreto.
Nuestro principal apostolado debe estar amarrado de este tema. El compromiso laical pasa necesariamente por este tema, por una razón fundamental. Nuestra identidad esta marcada por esta presencia en lugares en donde la Iglesia no llega. Allí en la oficina, en el barrio, en la casa, están los encuentros con las realidades que Dios nos invita a vivir. Por allí comenzaremos a encontrar las primeras semillas del Reino.
“Ciertamente, todos los miembros de la Iglesia son partícipes de su dimensión secular; pero lo son de formas diversas. En particular, la participación de los fieles laicos tiene una modalidad propia de actuación y de función, que según el Concilio es, “propia y peculiar”de ellos. Tal modalidad se designa con la expresión “índole secular”.
En realidad el Concilio describe la condición secular de los fieles laicos indicándola primero, como el lugar en que les es dirigida la llamada de Dios: “Allí son llamados por Dios”. Se trata de un “lugar” que viene presentado en términos dinámicos: los fieles laicos “viven en el mundo, esto es, implicados en todas y cada una de las ocupaciones y trabajos del mundo y en las condiciones ordinarias de la vida familiar y social, de la que su existencia se encuentra como entretejida”(Vat.II: LG. 31). Ellos son personas que viven la vida normal en el mundo, estudian trabajan, entablan relaciones de amistad, sociales, profesionales, culturales, etc. El Concilio considera su condición no como un dato exterior y ambiental sino como una realidad destinada a obtener en Jesucristo la plenitud de su significado”. Chritifideles laici 15, Los fieles laicos y la índole secular.
b) En la familia. Dentro de todos los espacios que reclaman compromiso la familia es el espacio de preferencia del compromiso laical. Sin duda es primer regalo que Dios nos da para vivir. A través de este grupo humano nosotros vamos descubriendo nuestro proyecto personal y nos vamos vinculando con toda la tradición de nuestra comunidad local, familiar, nacional y hasta mundial.
Nuestro papel dentro de la familia es el más importante aporte a la construcción de la Iglesia. Lo que hacemos con nuestras vidas dentro de este espacio, abriéndonos al secreto que oculta nuestra vida familiar, es quizás una de las tareas más importantes de un laico comprometido. Hoy se necesitan jóvenes y adultos comprometidos desde su propia etapa de vida a colaborar con las novedades y carencias de la familia de hoy. Necesitamos trabajar más de cerca temas como el buen trato en la familia, la relación entre hermanos, la corresponsabilidad, y la vida cristiana dentro de la familia. Nuestra Iglesia señala a la familia como una Iglesia doméstica, yo iría un poco más allá. Las familias que asumen un reto de vivir un proyecto cristiano en familia podrían ser llamadas las “parroquias ambulantes del mundo de hoy”. Quizás sea muy apasionado el título pero esto a veces es muy cierto. A veces, hay testimonios de familias cristianas que nutren la vida de vecinos, amigos y conocidos, y que terminan siendo un referente de vida cristiana a veces más claro que algunas parroquias. Sin contar la administración de sacramentos, muchas familias resultan a veces invitando a las personas a vivir los más de cerca y hasta a veces resultan ser una motivación a la conversión de quienes están cerca de su influencia.
Creemos que es esta presencia natural de la familia en la vida de la Iglesia y la riqueza que brota de esta fuente de Vidase convierte para nuestro compromiso laical en una escuela de amor y de revelación de un Dios que quiere con ternura y con firmeza. Es para muchos de nosotros el referente de nuestra relación con los demás, la motivación principal para realizar compromisos mayores en lo personal y en lo social. Es quizás nuestra primera escuela de comunidad.
“El matrimonio y la familia constituyen el primer campo para el compromiso social de los fieles laicos. Es un compromiso que sólo puede llevarse a cabo adecuadamente teniendo la convicción del valor único e insustituible de la familia para el desarrollo de la sociedad y de la misma Iglesia”. Chistifideles laici 40.
c) La sociedad. Junto con los otros dos campos de actividad laical, la sociedad es también un espacio que requiere nuestro fundamental interés y presencia. Venimos de épocas de compromiso que pretendía a través de la participación social lograr un impacto en una realidad. Esto hasta hoy resulta necesario y vigente, sin embargo es importante también ubicar este campo de compromiso dentro de un adecuado lugar dentro de un proyecto de vida laical. Necesitamos tantos políticos como padres de familia, activistas sociales como empresarios, comunicadores como agentes pastorales, a todos los necesitamos impulsados por el Espíritu, animados a transmitir una nueva visión de la sociedad que invite a los demás a reconstruir el mundo en función de un Reino de justicia y solidaridad. Hoy además de lo político urge incorporar también la integración de nuestra participación social a una mentalidad de defensa del medio ambiente. Tenemos al Creador de nuestro ecosistema de nuestro lado, y a veces parece que los cristianos nos olvidamos de lo importante que es tener en cuenta nuestra vinculación con la naturaleza, como parte de la defensa de la Vida.
“La mejor forma de respetar la naturaleza es promover una ecología humana abierta a la trascendencia que respetando la persona y la familia, los ambientes y las ciudades, sigue la indicación paulina de recapitular todas las cosas en Cristo y de alabar con Él al Padre ( I Cor. 3, 21-23). El Señor ha entregado el mundo para todos, para los de las generaciones presentes y futuras”(Aparecida 126).
Si hay un aporte a la sociedad que los laicos como integrantes de nuestra Iglesia encontramos relevante es la vivencia comunitaria. Para nosotros la comunidad es la manera como Dios se pone de nuestro lado. Es el espacio donde a través de nuestros hermanos comprometidos por años a tratar de encontrar la voluntad de Dios en nuestras vidas nos involucramos en una dinámica de compartir y construir un crecimiento integral, progresivo y colectivo de nuestras vidas. El amor de Dios se revela en estas comunidades como el centro de una fraternidad real, más allá de las costumbres e intereses. En las comunidades nosotros preparamos la acogida del Reino en nuestros espacios de compromiso cotidiano. En esta dinámica Dios se muestra abiertamente comunitario y necesitado de brazos para acercarse a las necesidades de su pueblo. Es en estos encuentros en donde encontramos el sentido de la evangelización a partir de la construcción de espacios de solidaridad y fraternidad humana. Es la fiesta del Dios Comunidad, la fiesta que vamos preparando acompañados de Jesucristo, impulsados por el Espíritu, reconociendo que ese mensaje lo llevamos porque con ello enfrentamos lo que en el corazón del hombre no le deja volver a ser uno con Dios.
“Las comunidades eclesiales de base, en el seguimiento misionero de Jesús, tienen la Palabra de Dios como fuente de su espiritualidad y la orientación de sus Pastores como guía que asegura la comunión eclesial. Despliegan su compromiso evangelizador y misionero entre los más sencillos y alejados, y son expresión visible de la opción preferencial por los pobres. Son fuente y semilla de variados servicios y ministerios a favor de la vida en la sociedad y en la Iglesia.”(Aparecida 179 ).
Por Manuel Lozano.
Una de las principales características de la vida laical es que toda está remitida a lo cotidiano. A diferencia de los otros estados de vida, la vida laical de un cristiano es una constante lucha por permanecer consciente entre los acontecimientos. Como no tenemos espacios de reflexión frecuentes, y nuestra dinámica está relacionada a tareas concretas (trabajar, estudiar, criar hijos, cuidar de la familia, luchar para conseguir lo que necesitamos para vivir), la vida es entonces un espacio frecuente de fogonazos de realidad que nos hablan de Dios, y que gracias a un constante ejercicio de la espiritualidad, de un compromiso con el Evangelio en la vida y de una dinámica comunitaria de apoyo, se convierten en momentos importantes que nos orientan y nos dan esperanza en nuestro caminar de fe.
Algunos intentan proponer para el laico una especie de vida heroica en donde este discierne constantemente y está orientado siempre a llevar una palabra de aliento, a ser el “positivo”. Pienso que esa postura es irreal, pues nadie puede estar en esa actitud y decir que está en medio de la realidad. Es una situación bastante incómoda, porque arrincona una posición del laico como una persona de la que sólo se puede esperar lo bueno, y por lo tanto deja de aceptar lo que en él está en construcción y que para mejorarlo necesita apoyo y conversión. Esto es una gran desviación que afecta la base del testimonio de la vida laical. Si el laico en esta posición se “la cree”, es decir intenta satisfacer esta demanda de los demás, termina encorsetado en un esquema que no le permite desarrollar una vida propia. Algunos en la desesperación de mantenerse en este esquema y para no “ahogarse” espiritualmente hablando, terminan aislándose siendo los que se dedican a señalar a los “impuros”, a aquellos que no merecen acercarse a Dios. De estas personas están llenas muchas parroquias y movimientos eclesiales, son laicos que se presentan muy seguros de su pertenencia a esta Iglesia con un sufrimiento constante y creciente por la división entre su vida y su práctica de fe. Creo que esta es una de las grandes tentaciones de la vida laical, que convierte a Dios en una realidad exclusiva, y que sólo se pretende mostrar para diferenciarnos del resto. En esta perspectiva, los laicos pueden ser vistos como un peldaño a medio camino entre los religiosos y los demás. Es entonces, cuando tomamos este camino, que lamentablemente deformamos nuestro propio testimonio y nuestra propia esencia.
Junto a estos testimonios, tenemos también el testimonio de muchos hermanos que hacen su vida cristiana tratando de encontrar en su realidad los retos que le invitan a vivir una vida cristiana más humana y encarnada en su realidad. A partir de estos últimos testimonios, que vemos florecer en nuestra Iglesia parte esta propuesta de sistematización de una vida laical que responde a las necesidades del mundo y de la Iglesia hoy. Para hacer más concreta esta visión, la señalamos relacionada con algunos aspectos o dimensiones importantes de este testimonio. Así, la experiencia de Dios en la vida laical se expresa principalmente:
a) A través del encuentro humano. Para nosotros los laicos, el ejercicio verdadero de nuestro compromiso tiene que ver fundamentalmente con el otro. Es la persona concreta con la que vivimos, con la que disfrutamos y sufrimos la existencia la que se constituye en el vehículo por el cual Dios habla. Somos testigos de muchos encuentros personales con un Dios que nos invita a caminar en la pastoral juvenil, en las comunidades, en los movimientos de iglesia, pero también en los centros de trabajo, en las universidades, en los movimientos culturales, en las ONGs, en las organizaciones vecinales y barriales. Son los demás, esas personas que a veces no están directamente vinculadas con un movimiento orgánico, o no tienen mucha formación, o simplemente no les interesan nuestros sueños de Iglesia, los que de alguna manera caminan con nosotros, y a los que Dios de alguna manera les concede esa posibilidad de hacer pasar la Vida.
Este es todo un tema que debe reflejar nuestro apostolado. Es quizás la mejor fórmula para reconocer si es que estamos formando un compromiso laical concreto. Por ejemplo, si queremos saber si un catequista está realmente comprometido con su vida, no le preguntemos a los integrantes de la catequesis, hagámosle la pregunta a sus padres, a sus hermanos. Ellos saben si realmente está o no comprometido. Si queremos saber si la profesora que apoya nuestra labor evangelizadora está comprometida, no se lo preguntemos a sus alumnos, hagamos la pregunta a su familia, su esposo, sus hijos, ellos sabrán darnos razón de la naturaleza y estado de su compromiso concreto.
Nuestro principal apostolado debe estar amarrado de este tema. El compromiso laical pasa necesariamente por este tema, por una razón fundamental. Nuestra identidad esta marcada por esta presencia en lugares en donde la Iglesia no llega. Allí en la oficina, en el barrio, en la casa, están los encuentros con las realidades que Dios nos invita a vivir. Por allí comenzaremos a encontrar las primeras semillas del Reino.
“Ciertamente, todos los miembros de la Iglesia son partícipes de su dimensión secular; pero lo son de formas diversas. En particular, la participación de los fieles laicos tiene una modalidad propia de actuación y de función, que según el Concilio es, “propia y peculiar”de ellos. Tal modalidad se designa con la expresión “índole secular”.
En realidad el Concilio describe la condición secular de los fieles laicos indicándola primero, como el lugar en que les es dirigida la llamada de Dios: “Allí son llamados por Dios”. Se trata de un “lugar” que viene presentado en términos dinámicos: los fieles laicos “viven en el mundo, esto es, implicados en todas y cada una de las ocupaciones y trabajos del mundo y en las condiciones ordinarias de la vida familiar y social, de la que su existencia se encuentra como entretejida”(Vat.II: LG. 31). Ellos son personas que viven la vida normal en el mundo, estudian trabajan, entablan relaciones de amistad, sociales, profesionales, culturales, etc. El Concilio considera su condición no como un dato exterior y ambiental sino como una realidad destinada a obtener en Jesucristo la plenitud de su significado”. Chritifideles laici 15, Los fieles laicos y la índole secular.
b) En la familia. Dentro de todos los espacios que reclaman compromiso la familia es el espacio de preferencia del compromiso laical. Sin duda es primer regalo que Dios nos da para vivir. A través de este grupo humano nosotros vamos descubriendo nuestro proyecto personal y nos vamos vinculando con toda la tradición de nuestra comunidad local, familiar, nacional y hasta mundial.
Nuestro papel dentro de la familia es el más importante aporte a la construcción de la Iglesia. Lo que hacemos con nuestras vidas dentro de este espacio, abriéndonos al secreto que oculta nuestra vida familiar, es quizás una de las tareas más importantes de un laico comprometido. Hoy se necesitan jóvenes y adultos comprometidos desde su propia etapa de vida a colaborar con las novedades y carencias de la familia de hoy. Necesitamos trabajar más de cerca temas como el buen trato en la familia, la relación entre hermanos, la corresponsabilidad, y la vida cristiana dentro de la familia. Nuestra Iglesia señala a la familia como una Iglesia doméstica, yo iría un poco más allá. Las familias que asumen un reto de vivir un proyecto cristiano en familia podrían ser llamadas las “parroquias ambulantes del mundo de hoy”. Quizás sea muy apasionado el título pero esto a veces es muy cierto. A veces, hay testimonios de familias cristianas que nutren la vida de vecinos, amigos y conocidos, y que terminan siendo un referente de vida cristiana a veces más claro que algunas parroquias. Sin contar la administración de sacramentos, muchas familias resultan a veces invitando a las personas a vivir los más de cerca y hasta a veces resultan ser una motivación a la conversión de quienes están cerca de su influencia.
Creemos que es esta presencia natural de la familia en la vida de la Iglesia y la riqueza que brota de esta fuente de Vidase convierte para nuestro compromiso laical en una escuela de amor y de revelación de un Dios que quiere con ternura y con firmeza. Es para muchos de nosotros el referente de nuestra relación con los demás, la motivación principal para realizar compromisos mayores en lo personal y en lo social. Es quizás nuestra primera escuela de comunidad.
“El matrimonio y la familia constituyen el primer campo para el compromiso social de los fieles laicos. Es un compromiso que sólo puede llevarse a cabo adecuadamente teniendo la convicción del valor único e insustituible de la familia para el desarrollo de la sociedad y de la misma Iglesia”. Chistifideles laici 40.
c) La sociedad. Junto con los otros dos campos de actividad laical, la sociedad es también un espacio que requiere nuestro fundamental interés y presencia. Venimos de épocas de compromiso que pretendía a través de la participación social lograr un impacto en una realidad. Esto hasta hoy resulta necesario y vigente, sin embargo es importante también ubicar este campo de compromiso dentro de un adecuado lugar dentro de un proyecto de vida laical. Necesitamos tantos políticos como padres de familia, activistas sociales como empresarios, comunicadores como agentes pastorales, a todos los necesitamos impulsados por el Espíritu, animados a transmitir una nueva visión de la sociedad que invite a los demás a reconstruir el mundo en función de un Reino de justicia y solidaridad. Hoy además de lo político urge incorporar también la integración de nuestra participación social a una mentalidad de defensa del medio ambiente. Tenemos al Creador de nuestro ecosistema de nuestro lado, y a veces parece que los cristianos nos olvidamos de lo importante que es tener en cuenta nuestra vinculación con la naturaleza, como parte de la defensa de la Vida.
“La mejor forma de respetar la naturaleza es promover una ecología humana abierta a la trascendencia que respetando la persona y la familia, los ambientes y las ciudades, sigue la indicación paulina de recapitular todas las cosas en Cristo y de alabar con Él al Padre ( I Cor. 3, 21-23). El Señor ha entregado el mundo para todos, para los de las generaciones presentes y futuras”(Aparecida 126).
Si hay un aporte a la sociedad que los laicos como integrantes de nuestra Iglesia encontramos relevante es la vivencia comunitaria. Para nosotros la comunidad es la manera como Dios se pone de nuestro lado. Es el espacio donde a través de nuestros hermanos comprometidos por años a tratar de encontrar la voluntad de Dios en nuestras vidas nos involucramos en una dinámica de compartir y construir un crecimiento integral, progresivo y colectivo de nuestras vidas. El amor de Dios se revela en estas comunidades como el centro de una fraternidad real, más allá de las costumbres e intereses. En las comunidades nosotros preparamos la acogida del Reino en nuestros espacios de compromiso cotidiano. En esta dinámica Dios se muestra abiertamente comunitario y necesitado de brazos para acercarse a las necesidades de su pueblo. Es en estos encuentros en donde encontramos el sentido de la evangelización a partir de la construcción de espacios de solidaridad y fraternidad humana. Es la fiesta del Dios Comunidad, la fiesta que vamos preparando acompañados de Jesucristo, impulsados por el Espíritu, reconociendo que ese mensaje lo llevamos porque con ello enfrentamos lo que en el corazón del hombre no le deja volver a ser uno con Dios.
“Las comunidades eclesiales de base, en el seguimiento misionero de Jesús, tienen la Palabra de Dios como fuente de su espiritualidad y la orientación de sus Pastores como guía que asegura la comunión eclesial. Despliegan su compromiso evangelizador y misionero entre los más sencillos y alejados, y son expresión visible de la opción preferencial por los pobres. Son fuente y semilla de variados servicios y ministerios a favor de la vida en la sociedad y en la Iglesia.”(Aparecida 179 ).
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